A la misma hora que el Córdoba trataba de plasmar en El Arcángel las razones que le habían llevado a ser líder, en la Casa de la Juventud se proyectaba Happiness, título imprescindible en la programación del ciclo Losers: el derecho al fracaso. Si Todd Solondz conociera al Córdoba, seguramente se sentiría tentado de incluir sus peripecias en alguna de sus amargas películas, en las que todos pierden, todos sufren, todos son culpables de algo muy grave que les consume por dentro y les convierte indefectiblemente en monstruos o en víctimas. El club blanquiverde arrastra complejos desórdenes de personalidad desde hace muchos años. Entre unos y otros lo han vuelto loco, empujándole a cambiar contínuamente por dentro y por fuera en una frenética carrera hacia ninguna parte, una enloquecida búsqueda de sí mismo en un ambiente hostil, cruel y despiadado. El equipo sin personalidad empezó a recuperarla y de eso hace muy poco. Olvidados ya esos tiempos en los que deambulaba sin ton ni son, con el eco de las risas retumbando en sus oídos, ahora tiene una identidad. El Córdoba es un buen equipo de Segunda B -el mejor de todos, dicen- que aspira, por razones de todo tipo (futbolísticas, históricas, económicas), a ascender a Segunda A, a la BBVA que le dicen ahora. Ya no sale a verlas venir, a que los acontecimientos le lleven `a donde Dios quiera`, el ambiguo desafío que se marcó cierto miembro de aquel tridente que se iba turnando en la presidencia, como en una comunidad de vecinos capaz de dejar en evidencia al mejor de los episodios de Aquí no hay quien viva. Ahora el Córdoba sabe quién es, o eso cree, lo que ya es dar un buen paso. Le exigen que, además de ganar los partidos, deje bien claro que es capaz de doblegar a cualquiera que se le ponga por delante. Por pedir, que no quede. Esa es la cruz del Córdoba, que consciente ya de que resulta absurdo buscar la felicidad a través del fútbol, trata por todos los medios de huir de la infelicidad. Que no es lo mismo, pero sirve.
El Día de Córdoba. 23-4-07. Francisco Merino