
Este sería el primer encierro de Pamplona que me perdería después de muchos años siguiéndolos por televisión, pero puede decirse que fue por una buena causa, la de seguir a la cuadrilla de un matador de toros, Jose Luis Torres.
Temprano partimos de Córdoba para reunirnos con los demás componentes de la cuadrilla, de la ciudad califal salimos: el matador, apoderado, mozo de espada, adjunto de mozo de espadas y un servidor, el reportero.
Ya pasado Antequera, en un bar de carretera, se unieron los banderilleros, picadores y el ayuda del mozo de espada, que también hacía las funciones de chofer del furgón, bien engalanada con imágenes del torero en las ventanillas. Efusivos abrazos de cariño entre toda la cuadrilla y, durante un buen desayuno, tiempo para charlar y comentar como van los días y la preparación de cada uno de ellos.
Una vez terminado el desayuno, de vuelta a la carretera para llegar al hotel en Marbella y dejar las habitaciones preparadas. A la hora del sorteo nos dirigimos hacia la plaza de toros, todos menos el matador, que ya se queda en el hotel descansando y concentrándose para la tarde.
En el patio de caballos se suceden los saludos entre los componentes de las diferentes cuadrillas y el mozo de espadas va solucionando el tema del papeleo, que no es poco, hasta que todo esté hecho no se procede al sorteo en sí. Este es un momento crucial para el desarrollo de la tarde, ya que dependerá del lote que toque el posible triunfo o no, aunque también hay más factores que intervienen, pero sin duda el sorteo es uno de ellos.
Una vez vistos los toros por las cuadrillas se hacen los lotes, se meten las tres bolas en el sombrero, para que un miembro de cada cuadrilla extraiga una bola que le indicará los toros en suerte que tendrá que dar muerte su jefe de filas. En el camino de vuelta al hotel, se comenta como son los toros, y que pueden dar de sí en la arena de la plaza por la tarde.
Ya reunidos con el matador, éste pregunta por el sorteo. Se le dice todo lo que se ha visto, como es morfológicamente, su fisonomía, como ha entrado en el chiquero, todo puede ser de ayuda para intentar imaginar el comportamiento que tendrá en la plaza. Lo sorprendente es que se acierta en la mayoría de los casos, debe ser por el conocimiento del oficio y la experiencia adquirida con el paso de los años. Sirvieron de gran ayuda las fotos publicadas en esta web de David Bracho para conocer un poco mejor a cada toro.
Para la comida el mozo de espadas nos tenía preparado, todo lo lleva bien organizado y atado, un restaurante donde degustar una rica paella y, cómo no, pescado frito. El matador y sus subalternos se fueron al hotel a descansar antes, dejando dicho que lo despertasen a una hora muy concreta, para empezar a arreglarse.
Durante el descanso de los toreros, es turno del mozo de espadas y su ayuda para dejar todos los trastos bien revisados para su correcto uso en la plaza, se limpian capotes y muletas, se supervisa que todo vaya en orden y bien doblado, se examinan todos y cada uno de los detalles para dejarlos a punto.
Cuando llega la hora de vestirse, los banderilleros y picadores lo hacen por su lado y al matador le ayuda en todo momento el mozo de espadas, le aprieta los machos, le coloca la chaquetilla, en definitiva todo para que esté en perfecto estado y luzca ante el público de la plaza. Siempre delante del espejo para que el torero vea que imagen es la que dará en la plaza. Una vez terminado el ritual del vestio, el torero reza delante de su altar de imágenes pidiendo ayuda y dando gracias, este es uno de los momento más íntimos que tiene un matador, un silencio que casi se oye y un respeto grandísimo por todas y cada una de las imágenes que el matador ha ido recibiendo.
Al salir de la habitación, se cierra la puerta, pero no se apaga la luz, se deja encendida para que ilumine al altar, o por motivos de superstición, ante el peligro que se avecina a todo se debe agarrar uno. La cuadrilla espera a la salida del hotel y se montan en la furgoneta. El silencio que hay dentro de ella es un silencio de concentración, de responsabilidad, de ver en la mente la faena que se va a realizar en la plaza, hasta que alguien rompe el hielo y desea suerte para todos.
En el patio de cuadrillas, se saludan los maestros y los fotógrafos hacemos multitud de fotos, los toreros esperan la hora para ponerse el capote de paseo y que empiece el paseíllo. Es la hora de torear, de hacer lo que antes se ha imaginado en la cabeza, de transmitir lo que se lleva dentro con un trozo de tela y dos pitones como agujas, de hacer levantar al público de sus asientos, de emocionar, y lo consiguieron, puerta grande para los tres, tarde para el recuerdo, mereció la pena no ver el emocionante encierro, porque esto fue mucho más emocionante y enriquecedor.
La furgoneta esperaba a la salida de la puerta grande, saludos, abrazos, gritos de enhorabuena, el beso de una madre ya tranquila, gente pidiendo fotos del maestro. Dentro, comentarios sobre los toros y las faenas, con la tranquilidad, tiempo ya de alguna broma, y antes de bajar de la furgoneta, una voz que dice: enhorabuena para todos.
Cuando la cuadrilla se disponía asearse para la vuelta a casa después de la triunfal tarde, un servidor terminaba su faena en cuanto a la información se refiere, escogiendo las mejores instantáneas de la tarde, que fueron muchas, dado lo aportado por los toreros, para mandarlas a los diferentes medios de comunicación, a la vez que mi compañero, Juan Antonio Jiménez, escribía la crónica que acompañaría a las imágenes. Él y yo, a la vez que realizábamos la labor, intercambiábamos impresiones de lo sucedido en la tarde junto con varios buenos aficionados asistentes al festejo, entre ellos, Moisés, el peón de confianza de Juan Antonio.
Ya duchados después de la faena, a la furgoneta y el coche para coger de nuevo la carretera, no solo debe gustar para ser torero el toro, sino la carretera y aguantar kilómetros de una localidad a otra, sin ver a los familiares, durmiendo como se puede… aunque todo se hace más fácil cuando se consiguen éxitos y faenas redondas.
La última parada es para la cena, con un ánimo mucho más relajado, por lo conseguido y momento de despedida hasta el próximo compromiso, aunque para llegar a eso hay que prepararse y entrenar a diario.
Mereció la pena no ver el encierro, ya que todos y cada uno de los componentes de la cuadrilla me recibió como si me conociesen de toda la vida, como si fuese uno de ellos, en ningún momento me sentí como un extraño. Hasta pronto. Suerte y enhorabuena para todos.
Nota: Para ver las imágenes más íntimas que recogió nuestro compañero, Enrique Elías, entra en nuestro blog patiocuadrillas.blospot.com.
