29 de Julio de 2010 | Carlos García Valverde

Hierba y cal

Obra ganadora del XI Certamen de Narrativa ``Enrique Orizaola``

Prolegómenos

Esteban arrancó el tractorcito y se dispuso a cortar el césped del campo. La tarea podía resultar bastante monótona, de forma que Esteban acostumbraba a introducir novedades para hacerla más llevadera, poniendo en juego su proverbial fantasía, esa imaginación que había hecho de él, hacía ya una veintena de años, uno de los delanteros más creativos y eficientes del Huracán Dieciocho, club de fútbol. Así que el otrora jugador –hoy convertido en presidente del modesto equipo- variaba con frecuencia la forma de acometer la labor: ora comenzaba por el centro de la cancha, haciendo avanzar el cortacésped en espiral hasta cubrir toda la extensión del campo, ora lo hacía en bandas diagonales, entrelazando las trayectorias del vehículo con pericia de manera que, al acamarse la hierba en uno u otro sentido, presionada por los rodillos, presentara finalmente un dibujo como en forma de espiga. Otras veces alternaba las pasadas longitudinales, de fondo a fondo del terreno de juego, con otras transversales de banda a banda, originando un bonito juego de rectángulos con diferentes tonalidades de verde...

Conocía el terreno mejor que la palma de su propia mano, y solía detener la máquina con cierta frecuencia, bien para arrancar, junto al córner sureste, aquel matojo de mala yerba que siempre se obstinaba en volver a crecer en el mismo sitio, bien para repisar aquel tapín rebelde que nunca acabó de enrasar con el resto, o bien para rememorar in situ históricos lances de juego. “Desde aquí mismo –recordaba Esteban, detenido en un punto concreto de las inmediaciones del área grande- lanzó Chencho aquel libre directo que se coló por toda la escuadra y que nos metió en la final provincial del ochenta y uno... Por esta banda fue la galopada aquella tan increíble de Pepe Suárez (¿que habrá sido de aquel muchacho..?) en el setenta y cinco, cuando nos estábamos jugando el descenso a falta de dos jornadas... Y por aquí, por aquí fue, en el área chica del norte, donde se formó aquel barullo de los cuartos de final de la copa, cuando yo mismo metí el balón a trompicones, de mala manera, sin que el árbitro se atreviera a pitar nada... ¡Buenos estaban los ánimos..!”
Esteban concluyó al fin la corta y, empuñando el carrito de cal muerta, se dispuso a remarcar las rayas del campo. Media hora más tarde, el terreno de juego se encontraba listo para el partido del día siguiente. El presidente se demoró todavía un rato más, contemplando complacido aquella geografía conocida, aquel territorio familiar y entrañable, un universo verde acotado, definido y gobernado por un entramado de blancas coordenadas.

Un mundo de hierba y cal.

Primer tiempo
I

Parecía a todas luces demasiado ostentoso denominar como “sede” al local de no más de diez metros cuadrados donde tenía su domicilio social el Huracán Dieciocho. Estaba situado en el suburbio de La Fuentecita, también conocido como barrio del Dieciocho de Julio, en referencia a varios bloques de viviendas que había construido el antiguo régimen, con destino a las clases más desfavorecidas, y que habían sido bautizados con la efeméride del levantamiento. El club de fútbol, fundado poco después de aquello, había tomado, aunque truncado, el nombre aplicado a la zona.

La “sede”–llamémosle, pues, de ese modo, ya que así hacían referencia al tugurio todos los componentes del club- ocupaba un minúsculo bajo de un inmueble que daba directamente a las cercanas vías del tren y que no tenía, por tanto, ningún interés comercial, de modo que, mal que bien, el Huracán podía hacer frente al reducido arrendamiento. Dos de las paredes se hallaban cubiertas de arriba a abajo por estanterías donde reposaban los trofeos conseguidos a lo largo de los años, la mayoría de ellos cubiertos de polvo y atacados por un óxido incipiente que estaba comiéndose el cromado de las copas. Los otros dos tabiques servían de soporte a multitud de banderines de otros tantos antiguos rivales, cubiertos la mayoría por plásticos que alguna vez habían sido transparentes, en un intento poco exitoso de preservar las enseñas del tamo y la polilla. También pendían algunas fotos de diferentes y extemporáneas formaciones huracanenses, la mayor parte amarillentas o desvaídas. Las épocas más recientes del club apenas estaban representadas en la decoración del habitáculo, seguramente debido a los escasos éxitos alcanzados por el equipo en los últimos tiempos. Únicamente un cartel conmemorativo del cincuenta aniversario de la fundación del Huracán y una reseña periodística del mismo, enmarcada en un cuadro del todo a cien, remitían al ocasional espectador a la actualidad más próxima. El resto del mobiliario lo conformaban una vieja pero sólida mesa de comedor, una decena de sillas cuya vetustez y heterogeneidad delataban a las claras sus múltiples procedencias, y un archivador metálico con cajones correderos que hacía la doble función de guardián de la documentación y de las bebidas espiritosas que solían animar las convocatorias de la junta directiva. Un ventilador sobre el archivador y una pequeña estufa de butano junto a él eran los utensilios encargados de mitigar los rigores de las diferentes estaciones climatológicas. La puerta de acceso era el único respiradero de aquella ratonera, de forma que, si había alguien dentro, y salvo que la temperatura exterior fuera demasiado baja, se hallaba casi siempre abierta, facilitando de esta manera que la humareda que comúnmente sobrevolaba las reuniones de los directivos, casi todos incondicionales del faria, buscara y encontrara una vía de escape.

II

Aquella calurosa tarde de julio, Esteban había convocado a los miembros de la junta a una reunión urgente. En un par de meses empezaría la liga en la categoría regional donde se había estancado el Huracán, tras descender de tercera hacía ya ocho temporadas, y las cuentas del club, que siempre estaban al borde del abismo, parecían haber dado un paso adelante, precipitándose directamente a un proceloso mar de guarismos rojos. Hacía ya mucho tiempo que recortaban gastos de todas partes: las camisetas eran lavadas por las propias mujeres de los directivos, los cuales, a su vez, se estaban encargando de trasladar a los jugadores en sus coches particulares cuando tocaba jugar fuera. A pesar de lo irrisorio de las cuotas, la deserción de socios representaba un goteo continuo, y la plantilla de futbolistas comenzaba a sufrir retrasos en la percepción de sus emolumentos, ya de por sí bastante menguados. Los intentos de recaudar fondos, instrumentados en las clásicas rifas de cestas o jamones, fracasaban de continuo ante la apatía del vecindario, y los ingresos por publicidad estática también se encontraban en franco retroceso ante la poca repercusión del club en los mass media. Se había estudiado también alguna otra solución salvadora, ya ensayada con éxito en otros lares, como la publicación de un calendario con fotografías de los jugadores en cueros vivos, ocultando sus partes pudendas tras balones de fútbol o banderines de córner, pero tal proyecto fracasó ante la frontal y rotunda oposición de don Carmelo, párroco de La Fuentecita y capellán del equipo, que amenazó con excomulgar a los directivos –lo cual traía sin cuidado a Esteban y su gente- y abogar, en sus sermones dominicales, por la retirada de socios y publicistas –lo que ya era una cosa más seria-, así que no hubo más remedio que abortar la operación.

De manera que el presidente-jardinero del Huracán Dieciocho había tocado a rebato, citando a los demás miembros de la directiva aquella tarde, por ver si entre todos surgía alguna idea reparadora. Como era su costumbre, llegó a la sede media hora antes de la fijada para la reunión, con objeto de preparar mínimamente el espacio, colocando las sillas, disponiendo las bebidas sobre la mesa y vaciando los ceniceros, aún con los restos de los farias de la cita anterior. Abrió la puerta y se encontró con un montón de folletos publicitarios, deslizados bajo ella. Los recogió y, sin prestarles atención, los arrojó a la papelera. Uno de ellos se resistió y, tras un grácil vuelo planeado, volvió a quedar sobre el suelo. Esteban se agachó con la intención de enviarle a hacer compañía al resto, pero algo retuvo su atención. Era un anuncio de una de esas organizaciones humanitarias que propugnan el apadrinamiento de niños del tercer mundo. Por una módica cantidad, cualquier ciudadano occidental podía tener un negrito que alimentar. La campaña era exitosa: resultaba bastante difícil recaudar fondos para un país o una comunidad en general, pero cuando se le ponía “cara” al asunto, la cosa cambiaba radicalmente. En efecto, uno no podía menos que conmoverse ante la imagen desharrapada y desnutrida del morenito que te había tocado en suerte. La instantánea de un niño, generalmente triste y tomada en un entorno desolado, abría las conciencias de los acomodados y también sus carteras. Además, subyacía en todo ello el sentimiento de “propiedad”, ya que las fotografías, los dibujos y las cartas que el padrino recibía a cambio de su aportación no eran ya de un negrito anónimo: eran las fotos, los escritos, los bocetos de su negrito. Quizá eso fuera un guiño a la civilización capitalista, pero todo era por una buena causa. El fin, en este caso, justificaba los medios empleados.

Pero, divagaciones aparte, el caso era que, para la historia que nos ocupa, el folletito de marras le había proporcionado a Esteban la idea que necesitaba.

III

Uno tras otro, varios componentes de la junta directiva fueron llegando al garito. Con alguna que otra ausencia, y tras la correspondiente incineración de los farias de rigor, comenzó la reunión. Allí estaba Chencho, el ex jugador huracanense -cuya ejecución salvadora de aquella histórica falta era tan rememorada por Esteban-, hoy también convertido en dirigente del club. También acudió Manolo “Botas”, el utilero de toda la vida, integrante asimismo de la junta. Paseando arriba y abajo por el escaso espacio que mesa y sillas dejaban libre -como era su costumbre, pues casi nunca tomaba asiento-, se encontraba asimismo Policarpo Miguélez, “Poli”, otro antiguo futbolista que había iniciado su carrera en el Huracán y, tras prestar sus servicios durante años en varios equipos modestos de provincias, había vuelto al club que le formó como jugador para integrar el cuerpo directivo del mismo. Completaban el grupo Alfredo Sentín y Rodrigo Mallo, dos aficionados incondicionales de siempre que, al final, habían decidido intervenir directamente, hacía ya unas cuantas temporadas, en los designios del club.

Esteban puso sobre la mesa la octavilla de la o.n.g. y aguardó la reacción de sus camaradas. Éstos se miraron unos a otros sin comprender la intención del presidente. Esteban dejó pasar advertidamente un par de minutos y, al cabo, espetó:
-Señores, hay que buscar padrinos para los chavales.

IV

Si fuera física y químicamente posible, se diría que todo pareció paralizarse en el pequeño local. “Poli” interrumpió su deambulación, las moscas que zumbaban en derredor de la lámpara suspendieron su vuelo y hasta el humo procedente de los farias pareció estancarse y volverse sólido sobre las cabezas, igualmente inmóviles, de los congregados. Tras unos momentos de estupor, alguien conectó el ventilador, lo que tuvo la virtud de reiniciar la acción. La brisa expelida por las aspas del aparato levantó de la mesa la propaganda humanitaria y la elevó lo suficiente como para que los dípteros, espantados, reanudaran su vuelo zumbón. Policarpo, continuando con su paseo, atrapó el folleto en el aire y se lo mostró a Esteban.

-¿Quieres decir que..? ¿Como esto?

-Sí. O algo parecido, vamos.

-Pero, hombre –protestó Chencho-, no hablarás en serio. ¿Vamos a ofertar a los chicos como si fueran ganado?

-¿Es eso lo que te parecen los rapazuelos menesterosos que buscan padrinazgo? –inquirió el presidente.

-No, claro que no, pero esto... esto es diferente.

-Vamos a ver, amigos –dijo Esteban-, queramos o no, todos estamos en el mercado. Unos se venden por un salario, otros por una ficha y otros por un contrato de cualquier clase. Los futbolistas no son una excepción, sino más bien todo lo contrario. Están más metidos que nadie en el negocio, se les contrata, se les incentiva, se les traspasa, se les rescinde.... En definitiva, se les compra y se les vende. La manera de hacerlo no creo que sea realmente determinante para decidir si este mercadeo es o no honroso y ético. Hemos ensayado muchas formas de recaudar algo de dinero para evitar que este barco se vaya a pique, pero convendréis conmigo en que todas ellas han dejado de funcionar hace tiempo. No se nos puede reprochar nada, porque muy a menudo hemos echado mano de nuestra propia cartera para achicar agua, pero creo que estamos obligados moralmente a intentarlo todo, y este tema de los padrinos parece que funciona bastante bien en otros ámbitos, así que ¿por qué no intentarlo aquí?

-No lo veo... no lo veo –terció Policarpo-, una cosa es amparar a un famélico y otra muy distinta patrocinar a un jugador de fútbol. Eso siempre se ha hecho de forma global, con el equipo al completo.

-Sí, pero ya hemos visto que ahora no nos funciona –reiteró el presidente-, así que no perdemos nada por ensayar vías alternativas de financiación.

-Bueno, yo siempre he puesto la “equis” en lo de “Otros fines sociales”, en mi declaración de la renta... –intervino Sentín por vez primera-. No veo que esto sea muy diferente, visto desde fuera.

-Pero tú no lo haces para favorecer a los necesitados –aclaró Mallo, entrando también en la disquisición-, sino para fastidiar a los curas.

-Bueno, sí –hubo de reconocer Alfredo-, pero no sé yo si el vecindario se identificará con esta causa... La gente se aglutina más “contra” que “a favor” de algo. Dadles un enemigo común y serán una piña, pero es difícil conseguir tal unión si se trata de beneficiar en vez de machacar.

-¿Tú que dices, “Botas”? –preguntó Esteban.

El utilero era un personaje flemático y reposado. Jamás abría la boca temerariamente y sus juicios, de ordinario basados en su larga experiencia tanto deportiva como vital –pues rondaba ya los setenta años- solían ser certeros y, por tanto, muy apreciados por sus compañeros de directiva. Suspiró profundamente, exhalando a la vez una columna de humo y dijo:
-A la gente le gusta saber a quién favorece. Ya lo ha dicho Esteban; queremos verle la cara de agradecimiento a alguien. Ese es el motivo de que prosperen las mafias de la mendicidad: pocos nos resistimos a depositar unas monedas en el regazo de una madre andrajosa con un bebé desnutrido en sus brazos. No nos paramos a pensar que lo más probable es que esté siendo explotada por una red organizada y que, posiblemente, el niño ni siquiera será suyo. Por el contrario, las organizaciones benéficas legalmente constituidas, como la Cruz Roja o Cáritas, se las ven y se las desean para conseguir que el paisanaje suelte la tela. El ser humano se ha instalado en la urgencia, en la inmediatez, se busca la instantaneidad entre causa y efecto y se prefiere largarle unas monedas a un haragán que correrá con ellas a la tasca más próxima, antes que depositarlas en una mesa petitoria contra cualquier enfermedad, con la excusa de que vete tú a saber si llegarán o no llegarán a su destino. Francamente, la idea me gusta, y no porque sea la mejor del mundo, sino porque es la mejor posible ahora mismo, y yo, por mi parte, no sólo voy a prestar apoyo a esta causa, sino que seguramente apadrinaré a algún muchacho, ya metidos en harina.

Aún estaban asimilando las juiciosas palabras de Manolo cuando alguien asomó la cabeza por la puerta abierta. Era don Carmelo, el párroco.

-¿Qué estáis tramando, bribones? –espetó, a guisa de saludo.

-Nada, cura –respondió Esteban-, aquí, tratando de reflotar al club.

El capellán pasó adentro y, en pocas palabras, fue puesto al corriente del novedoso proyecto abanderado por el presidente.

-¡Mucho mejor que esa indecencia del calendario, dónde va a parar! –sentenció el religioso-; yo, por mi parte, me pido a Gelín.

-¿Gelín, el defensa? –inquirió Rodrigo Mallo- ¿Ese arador?

-Todo lo que tú quieras –defendió don Carmelo-, pero es el único al que veo en los oficios dominicales, así que puede contar con mi patrocinio. Los demás no es que sean malos muchachos, pero están como asilvestrados. Buenos chicos, ya digo, pero están por civilizar, Dios me perdone.

La intervención del cura tuvo la virtud de santificar el proyecto. Hasta Alfredo Sentín, anticlerical reconocido, entró por el aro y prestó su apoyo a la causa. Tras un largo rato de discusión sobre los pormenores de la campaña, cada mochuelo se fue a su olivo.

Descanso

I

Un par de días más tarde, el barrio apareció empapelado de pasquines encabezados por el escudo del Huracán. El texto venía a decir más o menos así:

¡Vecino de la Fuentecita! ¡Haz honor a tus propias raíces!

El Huracán Dieciocho, C.F., necesita tu ayuda

¡Colabora en su resurrección! ¡Apadrina a un jugador!

Seguro que tienes tu preferido: un defensa, un portero, un centrocampista, un delantero… ¡Pon un futbolista en tu vida! Empuja, alienta, anima a uno de nuestros deportistas y recibe a cambio su gratitud y su reconocimiento. Conviértete en su mecenas, su valedor, su padrino, en definitiva. Personaliza tu contribución al equipo, ponle cara a tu aportación a la marcha del club.

Sé parte de la leyenda del Huracán Dieciocho, forja tu propia historia.

Apadrina un futbolista. Será tu futbolista

Después, un boletín de inscripción donde el ocasional mecenas debía incluir sus datos personales, identificar a su protegido y cuantificar su aportación económica, en principio no establecida. Se facilitaba el desembolso por varios canales: tarjeta de crédito, domiciliación bancaria, giro postal o entrega directa del metálico en la sede del club. A cambio, se aseguraba al padrino la recepción de fotografías dedicadas personalmente por el apadrinado, la gratitud de éste y, por extensión, la de todos los integrantes de la organización deportiva. También se ofertaban objetos personales del favorecido jugador, como camisetas u otros artículos.

II

La verdad es que la gente está generalmente ávida de novedades, de sorpresas, de actos extravagantes o inesperados que insuflen un poco de frescor en sus anodinas existencias. A causa de este fenómeno, la inusitada campaña propalada por Esteban y sus secuaces tuvo una repercusión notable, desbordando las iniciales previsiones de los directivos del club. En menos de dos semanas, casi todos los jugadores contaban con cinco o seis padrinos por barba. Hasta los habituales reservas se granjeaban las simpatías de los vecinos, que no dudaron en exprimir sus peculios para contribuir al resurgimiento del equipo del barrio. Parecía mentira que personas que hasta el día de ayer renegaban del balompié y criticaban abiertamente la desastrosa trayectoria del Huracán se prestaran ahora a arrimar el hombro. En efecto, tuvieron razón tanto Esteban, ideólogo de la campaña, como Manolo “Botas”, principal apoyo del presidente: el vecinito de a pie gustó de tener a su protegido “de cabecera”, casi como si fuera una mascota. En seguida, en el Bar Principal pudo verse la foto dedicada de Cristian, carrilero izquierdo del equipo, elegido por el hostelero, ocupando un lugar preeminente entre la pizarra de las raciones y la máquina del tabaco, mientras que la de Sandoval, defensa central con mucho éxito entre la grey femenina, presidía la pared trasera de la mercería de Lourdes y la del cancerbero Pablo Valgrande “Curri” lucía en el escaparate de la ferretería de los Hernández. Pronto, casi todos tuvieron su protegido personal; no era raro entrar en la casa de cualquier jubilado y descubrir que, sobre el televisor, al lado del portarretratos con la foto de algún nieto o junto al clásico toro de felpa, se encontraba la imagen autografiada de algún integrante de la plantilla huracanense, apadrinado por la familia residente, o comprobar que, en el salpicadero del autobús urbano que cubría las necesidades móviles del barrio o en el cristal de la cabina de la ONCE de la plaza, campeaba la instantánea de un atacante, centrocampista o zaguero del equipo, igualmente patrocinados por los trabajadores respectivos. También fue frecuente toparse con la elástica de Lupiáñez, delantero en punta, enmarcada y colgando en una de las paredes del supermercado de la zona, o los guantes de alguno de los porteros compartiendo escaparate con aspiradores y freidoras en la tienda de electrodomésticos de la avenida principal.

Esteban y sus acólitos estaban exultantes. Habían logrado comprometer al vecindario en su proyecto, y las arcas del club estaban alcanzando un nivel apenas recordado por los más viejos del lugar. Entre la euforia general, llegó el comienzo de la liga.

Segundo tiempo
I

El domingo del partido que abría la temporada, los modestos graderíos del campo de La Fuentecita, de ordinario horros, estaban a rebosar. Menudeaban las pancartas de apoyo, aunque, en contra de lo que suele ser habitual, casi ninguna se refería al conjunto, sino a alguno de sus componentes. Así, los padrinos del arquero exhibían su nombre en una gran sábana, colgada de una de las vallas, mientras que los valedores del delantero centro agitaban con entusiasmo un cartelón con la fotografía de su protegido. En resumen, cada grupo de patrocinadores alentaba a su patrocinado, de manera que el guirigay era notable. No obstante, arropado y estimulado por tan heterogéneo público, el equipo encaró el encuentro con entusiasmo y pundonor, de manera que ya en el descanso campeaba un dos a cero en el marcador, diferencia que se amplió durante la segunda mitad hasta concluir en un cinco a uno que elevó los niveles de esperanza y optimismo hasta cotas olvidadas hacía muchas temporadas. Cuando sonó el pitido final, los entusiasmados espectadores invadieron el terreno de juego y, entre el general alborozo, cada camarilla de padrinos levantó en volandas a su favorito y lo jaleó ruidosamente por todo el campo durante un buen rato. Al día siguiente, Esteban tuvo mucho trabajo para acondicionar el césped, destrozado por la exaltación popular, pero, como es lógico, eso no le importó en absoluto. Su plan había funcionado a la perfección; la aparente disgregación de fuerzas que suponía a priori el hecho de que cada aficionado apoyara a su jugador preferido había tenido, paradójicamente, tal y como el presidente había vaticinado, la virtud de encaminar todos los esfuerzos en una misma dirección.

El paso del tiempo y, hay que decirlo, los resultados favorables en el terreno deportivo, propiciaron aún más el acercamiento de los mecenas con sus avalados, de manera que no era raro encontrar a Cristian entre los invitados a la boda del hijo o la hija de alguno de sus devotos padrinos o descubrir a “Curri” asistiendo al funeral de algún pariente de cualquiera de sus protectores. Los padrinos recibían asiduamente instantáneas autografiadas de sus tutelados –en realidad, eran los mismos miembros de la directiva los que garabateaban las fotografías- y también alguna baratija relacionada con el apadrinado, como llaveros y bolígrafos con su imagen. La interacción entre el equipo y el vecindario crecía constantemente: una octogenaria del barrio llegó a hacerse un escapulario con la foto de Lupiáñez en pleno remate y, ataviada con él, asistía con regularidad a rosarios y novenas, con la complicidad y benevolencia de don Carmelo que, aunque no se lo decía a nadie, gustaba de vestir la camiseta del defensa Gelín debajo de su severa sotana. Otro caso ejemplar fue el de Rubén, un joven canterano cuya formación académica, ante la falta de posibles del chico, fue costeada por uno de sus amparadores, que prefirió permanecer en el anonimato. También fue notable el caso de otro bisoño jugador, Walter Enrique Somoza, un emigrante sudamericano, enrolado en el Huracán casi a última hora: Hernández, el ferretero, que le había tomado bajo su padrinazgo, lo empleó en su negocio y el muchacho, con el correr del tiempo, llegó a convertirse en su yerno, al casarse con la hija del industrial.

II

Impelido por tal comunión de voluntades, el Huracán Dieciocho ascendió ese año a la categoría de bronce, con la consabida alegría del barrio que lo sustentaba. Se acometieron obras de ampliación en el campo de La Fuentecita, que pasó a llamarse, por clamorosa petición popular, “Estadio Esteban Fanjul”, en honor y gratitud al presidente bajo cuya batuta el club se había reencontrado con la gloria. Ante el advenimiento de las vacas gordas, los directivos abandonaron pronto sus sempiternos farias para sustituirlos por aromáticos Montecristos y Cohibas rubicundos, y empezaron a plantearse, dada la imparable racha de victorias, el abordaje a la segunda división. Se acometió un plan de fichajes, a fin de reforzar al equipo de cara a su previsible ascenso. Varios futbolistas de campanillas, algunos de ellos veteranos de la división de plata, recalaron en las filas huracanenses, en detrimento de buena parte de la plantilla que, paradójicamente, era la que había llevado al club a tan boyante situación.

Toda esta operación no era vista con buenos ojos por aquellos vecinos que, en razón de su patronazgo, tanto habían tenido que ver en la buena marcha del Huracán Dieciocho. Aquello desbordaba las modestas pretensiones de los barriales, colocando al club en una posición fría y distante. La gente quería un colectivo modesto pero entrañable al que poder arropar, no un brillante pero inalcanzable conjunto al que admirar, plagado de mercenarios extraños que ya no eran “sus” muchachos. Aquel Huracán subía, sí, pero a la vez se alejaba, perdía ese sabor popular y doméstico con el que los avecindados de La Fuentecita se habían identificado. Desencantados por el descarte a que estaba siendo sometido el equipo, y que dejaba fuera a tantos de sus apadrinados, los antes animosos aficionados retornaron a la apatía y el desánimo, haciendo caso omiso de las propuestas de la directiva instándoles a trasladar su apoyo económico a los recién llegados. Estos últimos, por su parte, comenzaron a mostrarse abúlicos y desmotivados, ya que, tras la retirada casi en bloque de los padrinos, los resultados deportivos comenzaron a flojear, alejando cada vez más el ansiado horizonte de la segunda división. Como resultado de todo esto, el Huracán Dieciocho se enquistó en lo más bajo de la tabla y, finalmente, se vio relegado de nuevo a la competición regional.

Todo había pasado demasiado rápido, fue bonito mientras duró, pero excesivamente frágil para permanecer, como una explosión de fuegos artificiales que el viento barre del cielo en cuestión de segundos.

Prórroga

Esteban se dirige, como cada sábado en que toca jugar en casa, al campo de fútbol. Cuando llega, observa el enorme letrero que un día reflejó su nombre, hoy prácticamente ilegible debido a la deserción a que el tiempo y los meteoros han empujado a gran parte de las letras. Poco importa, en todo caso, ya que los escasos aficionados que aún mencionan el lugar han vuelto a llamarlo La Fuentecita, como toda la vida. El presidente repara divertido en que las grafías que aún resisten estoicas sobre el panel, conforman la frase “esto está ful”. Revelador. Mientras penetra de nuevo en su mundo verde y blanco para adecentarlo de cara al encuentro del día siguiente –un choque con un equipo del arrabal vecino, tan paupérrimo y menesteroso como ellos-, piensa en todo lo ocurrido en los últimos tiempos, y también en la declarada intención del Ayuntamiento de no prolongar más la concesión del terreno y dedicarlo a la construcción de varios bloques de viviendas. De hecho, la directiva del club tiene ya casi apalabrada con el no muy lejano colegio de los Agustinos la utilización de su campo de fútbol, en espera de tiempos mejores. El presidente intenta aventar sus preocupaciones recordando, como antes, los lances más señalados que han tenido lugar, sobre este mismo césped, a lo largo de la historia del Huracán: aquella falta que lanzó Chencho de forma magistral, aquella tangana en el área pequeña, aquel penalti, aquel off-side…

Cuando termina su labor, extrae un Montecristo de su funda de zinc –es a lo único que no ha conseguido renunciar- y lo enciende mientras contempla –quizá no le quede mucho tiempo de hacerlo- el rectángulo querido, el mapa donde se ha desarrollado buena parte de su vida, aquella hierba regada año tras año con su propio sudor y con sus lágrimas.
No tiene ganas de meterse en casa, así que se dirige a la sede del club. Cuando abre la puerta, descubre sobre el suelo un puñado de panfletos publicitarios. Al agacharse a recogerlos, se fija en el primero de ellos. Se trata de una promoción inmobiliaria en una zona costera, en régimen de multipropiedad. Por un precio asequible, se puede adquirir un determinado porcentaje de un chalet o apartamento, lo que da derecho a su utilización durante uno o varios periodos al año, de acuerdo con la disponibilidad de la propiedad y los turnos establecidos con el resto de copropietarios. Una forma económica de poseer un nidito en la playa sin someterse a grandes desembolsos.

Descuelga el teléfono, dispuesto a convocar a sus camaradas a una reunión urgente. Tal vez a los vecinos de La Fuentecita les interese convertirse, por un módico importe, en propietarios de una parte de esa entrañable geometría, de ese planeta verdoso y albo.

Un trocito de ese mundo de hierba y cal.

 

Comentarios

charley parker
02-08-2010 14:17:32
Conmovedor. Enhorabuena. Divertido y lleno de sensibilidad. Muy merecido el premio.
 
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