Recomienda este artículo a tus amigos
26 de Junio de 2008 | Redacción

Rayo Páramo CF

A continuación le exponemos la obra ganadora del IX Certamen de Narrativa Enrique Orizaola, titulada Rayo Páramo CF, escrita por el autor leonés Carlos García Valverde.

 
 

Prefacio

Salustiano Ruiz -`Salus`, para el mundo del balompié- colocó cuidadosamente el balón sobre lo que pasaba por ser el punto de penalti, un aspa que el improvisado árbitro había marcado a golpe de tacón sobre el terreno áspero y reseco, luego de medir la distancia a grandes zancadas -sospechosamente grandes; en realidad todo lo grandes que permitía el vuelo de su sotana - desde la línea de portería. No había sido la primera acción susceptible de ser castigada con la pena máxima: las tarascadas, empellones y puntapiés no destinados expresamente al desplazamiento del esférico habían representado una constante en el desarrollo de aquel encuentro que, calificado eufemísticamente como `amistoso` en el cartel torpemente rotulado que pendía de una repisa, en la tasca de la plaza , ponía colofón a las menguadas fiestas de aquel villorrio perdido en medio de ninguna parte. No era, ya decimos, la primera transgresión flagrante del reglamento, pero, aun habiendo sido todas las anteriores obviadas por el advenedizo y particularmente parcial juez de la contienda -párroco, a la sazón, de los cuatro poblachos que conformaban el municipio-, el hecho de que Aurelio el panadero hubiera aferrado la pelota con ambas manos a un palmo de la portería cuando aquélla se obstinaba en cruzar la raya de meta había sido demasiado grueso para dejarlo de señalar, máxime cuando el infractor, lejos de cubrir el puesto de cancerbero, desempeñaba sobre el terreno de juego, si bien que torpemente, el papel de centrocampista y, además, había costado Dios y ayuda que soltara el cuero, tan contento como estaba de haber impedido el tanto visitante, sin atenderse a las razones que, invocando el reglamento, le argumentaban compañeros y contrincantes.

La tarde -pleno mes de agosto- era sofocante, y mientras tomaba carrerilla, no más de tres pasos, para impulsar el esferoide, Salus observó cómo, desde detrás de la portería, el bigotudo sargento de la Guardia Civil clavaba en él, de forma intimidatoria y amenazadora, sus ojos saltones, esos ojos a los que la casi inexistente por diminuta nariz y la hirsuta y poblada ceja -pues tal parecía que una sola era la que cruzaba su frente- hacían aparecer como limitados a norte y sur por dos paralelos mostachos. Por su parte, el Secretario Provincial del Movimiento, invitado especial al evento, aguardaba, muy abierto de piernas y ligeramente inclinado hacia adelante con las manos sobre las rodillas, o sea, muy metido en su papel de guardameta, la ejecución del lanzamiento...

I

El `Rayo Páramo, Club de Football` había sido, en las postrimerías de la década de los veinte y en los primeros años treinta, el equipo puntero de la comarca, habiendo incluso militado en la segunda división durante varias temporadas. De sus filas salieron algunas figuras que llegaron a jugar, con mayor o menor fortuna, en la máxima categoría del fútbol hispano. De todas ellas, el más sobresaliente fue Salus, no porque su carrera deportiva fuese más brillante o sus logros más espectaculares, sino porque Salustiano, `Salus`, siempre había exhibido un talante populista, había hablado de más cuando quizá debiera haber callado y, a menudo, se había metido de faz y en paz -o, según sus detractores, de hoz y coz- en donde nadie le había dado cirio. En resumen, era lo que ahora se daría en llamar `polémico`. Como quiera que fuese, atesoraba la suficiente calidad futbolística para que, en su momento de mayor esplendor, fueran sus servicios recabados por un club de primera división en el que destacó, fiel a su carácter, por su eficacia en el terreno de juego y su para muchos excesiva locuacidad fuera de él.

La guerra civil le sorprendió militando en la Unión Deportiva Levantina, por aquel entonces encuadrada en la segunda división y con notorias aspiraciones de abordar el ascenso, esperanzas que la contienda, al interrumpir la cotidianidad y, con ella y dentro de ella, las competiciones deportivas, frustró por completo. Así las cosas, fuera porque el discurrir del alzamiento le confinó en la zona roja, fuera porque la proverbial verbosidad de Salus le había inclinado a proclamar, a todo el que quiso prestarle oídos, su simpatía y explícita adhesión al gobierno legalmente constituido y, por ende, su aborrecimiento hacia los levantiscos, el caso fue que, a la conclusión de la guerra y al intentar nuestro hombre reanudar su truncada carrera deportiva, topóse con notables dificultades para conseguir ficha en equipo alguno que militara más allá de la regional preferente y, aún dentro de estos humildes conjuntos, hubo de pesar muy mucho el otrora brillante palmarés de Salustiano Ruiz en clubes de más campanillas para predisponer finalmente a sus modestas directivas a cerrar contrato con él, siempre con irrisorios acuerdos económicos que en nada evidenciaban la categoría del contratado pero que permitieron a Salus, mal que bien, subsistir. Obvio resulta decir que, en las tres o cuatro escuadras de este calibre que, en los siguientes cinco o seis años, alinearon a Salus, constituyó éste, al auspicio de su veteranía y de sus tan conocidas como sobradamente demostradas dotes, una referencia clara sobre el campo para todos sus compañeros, una suerte de pivote sobre el que giraba todo el juego del equipo, un líder respetado por todos, rivales incluidos, de tal forma que, en el ámbito regional donde se desarrollaba la modesta competición, cobró popularidad el dicho de que, para vencer al equipo donde, a la sazón, militara nuestro hombre, `había que meter un gol más de los que metiera Salus`, tal era la efectividad que mostraba, cara a la puerta contraria, el curtido jugador.

II

Llegó, sin embargo, el día en que Salustiano, muy metido ya en la treintena, dejó de interesar incluso a los clubes más mediocres, de manera que, tras rechazar la bochornosa oferta de un alcalde, que pretendía que el antaño laureado futbolista se hiciera cargo como entrenador del equipo infantil del pueblo, Salus regresó a su tierra castellana. Para entonces, el Rayo Páramo había desaparecido del panorama deportivo, y buena parte de los componentes de la plantilla habían perecido en la confrontación civil y la dura posguerra. Desesperado al no encontrar ningún trabajo -su exclusiva dedicación al balón, desde muy joven, le había impedido desarrollar otras habilidades profesionales-, y mientras malvivía a costa de los escasos ahorros que su última etapa deportiva le había permitido acumular, a Salus se le ocurrió la peregrina idea de resucitar el viejo club paramés: preguntando aquí y allá logró localizar a varios ex jugadores del Rayo, algunos de ellos coetáneos suyos y tan desocupados como él, y entre todos intentaron poner de nuevo en marcha al equipo. La tarea, no obstante, resultó un completo fracaso: nadie quería saber nada de un `equipo de viejos`, y la turbulenta fama de desafección al nuevo régimen que acompañaba a Salustiano no ayudó precisamente a que las puertas les fueran abiertas. No pocos de los valladares que encontraron Salus y sus colegas en su camino hacia la resurrección del Rayo fueron interpuestos, paradójicamente, por un antiguo componente del mismo, el guardameta reserva Manolo Canales, a la sazón falangista de pro y que, desde el fin de la guerra, había ostentado algunos cargos menores en el aparato local del nuevo orden establecido. Ni que decir tiene que el otrora portero segundón pretendía con tales estorbos ganarse la simpatía de algún gerifalte que le ayudara en su progresión, aunque hay que decir que contribuyó no poco a su destructiva labor el resquemor acumulado durante largas tardes de banquillo, rezando secretamente para que algo o alguien le partiera las piernas al cancerbero titular y así pudiera él mostrar sobre el terreno sus para muchos discutibles aptitudes. Al borde de la desesperación por no lograr encuadrar al renacido club en ninguna competición oficial, Salus y sus acólitos se vieron en la necesidad de aceptar, a manera de debut oficioso, la participación del Rayo Páramo en un encuentro organizado en la villa cabecera de la comarca, dentro de los actos conmemorativos del levantamiento del dieciocho de Julio, así que los siete supervivientes rescatados por Salustiano del naufragio del Rayo, más cuatro ocasionales mozuelos reclutados a toda prisa la misma mañana del encuentro en el pueblo donde éste iba a disputarse, se dispusieron a medir sus fuerzas con un combinado de aguerridos y adoctrinados muchachotes del Frente de Juventudes.

Lo cierto es que, en los inicios del choque, la fogosa juventud de los locales apabulló a los veteranos rayistas, de manera que al cuarto de hora ya campeaba en el marcador un dos a cero a favor de la escuadra del Frente, cumpliendo así momentáneamente con los objetivos de los organizadores, que no eran otros que poner groseramente de manifiesto la superioridad de la nueva España frente a los vencidos. Pronto descubrieron, sin embargo, que no habían elegido bien al enemigo: bajo la experimentada batuta de Salus, el Rayo Páramo Club de Football despertó de su letargo y comenzó a funcionar como lo hiciera en sus mejores tiempos, de forma que, supliendo sus carencias físicas con el oficio y la pericia acumulados durante las largas temporadas de preguerra, consiguieron dar la vuelta al resultado y llevar el partido a término con un rotundo dos-cuatro a su favor. Difícil sería dirimir qué escoció más entre los miembros de los estamentos convocantes del evento, si la derrota cosechada o el hecho tan espontáneo como incontrolable de que el público lugareño jaleara abierta y ruidosamente durante todo el encuentro al equipo del antaño idolatrado Salustiano, apoyo que se tornó en vítores y alborozo general al finalizar el partido. Los veteranos rayistas, llevados en volandas hasta la plaza del pueblo, fueron agasajados y convertidos en protagonistas de una improvisada fiesta que se prolongó hasta bien entrada la madrugada.

La noticia de la victoria de Salus y sus secuaces se esparció velozmente por toda la comarca y, al abrigo del fervor popular, no tardó en ser instrumentada como un símbolo tácito de la resistencia al poder establecido, una salida -de hecho, la única salida más o menos consentida- para mostrar el descontento del pueblo llano con la situación política reinante. Así las cosas, y aun sin buscarlo, Salustiano Ruiz y su remozado Rayo se vieron abocados a asumir, como mal menor, medio de subsistencia y dudoso sustituto de sus iniciales aspiraciones deportivas, un papel que más parecía propio de troupes circenses o compañías de comediantes que de una agrupación futbolística: se convirtieron prontamente en espectáculo imprescindible en todo festejo, romería, verbena o celebración de cualquier índole que acaeciera por los alrededores. Compraron una vieja `DKW` y a bordo de ella se dedicaron a recorrer la toponimia regional, acudiendo allí donde su presencia era requerida, disputando encuentros contra los combinados más peregrinos, desde asociaciones de seminaristas o requetés hasta miembros de la Guardia Civil o agrupaciones de ex combatientes de la División Azul. Dado que la contraprestación económica era, en la mayor parte de los casos, irrisoria o inexistente -a menudo actuaban sólo por la comida-, se desataron las cábalas y rumores acerca de la financiación del equipo rayista, toda vez que sus siete componentes fijos -seguían completando sus filas con voluntarios locales- exhibían un estatus que, si bien no pasaba de ser ciertamente modesto, sobresalía notoriamente sobre la paupérrima situación general del paisanaje. Hubo quien aventuró que era el gobierno republicano en el exilio quien hacía llegar a Salus y sus amigos multitud de divisas; otros entreveían la más plausible por próxima intervención del Maquis, que permanecía emboscado en las no muy lejanas montañas y que perpetraba de cuando en cuando irrupciones en los pueblos y aldeas parameses. Apoyaba esta última tesis el hecho de que, cuando el Rayo Páramo era injustamente derrotado, bien por notoria parcialidad del árbitro de turno, bien por otras causas no menos interesadas, los insurrectos milicianos solían efectuar una incursión, al amparo de la noche, en la población donde se hubiera celebrado el partido, saqueando abacerías y boticas y, las más de las ocasiones, ridiculizando a algún genuino representante de los poderes fácticos locales, como aquella vez que le embrearon las nalgas al alcalde de Santa Cecilia, sacándole de la cama en plena madrugada, o aquella otra en que, también con la luna como cómplice, desnudaron al cura de Villanueva y le ataron al negrillo que daba sombra al atrio de la iglesia, tocando a continuación las campanas del templo, en tono de rebato, de guisa que, cuando los sobresaltados vecinos acudieron a la llamada, se encontraron con el arcipreste, solidario con el tronco del árbol, en cueros vivos y más colorado que un tomate. Sea como fuere, nunca se pudo probar que tales fechorías tuvieran relación alguna con los veteranos futbolistas, y aunque, bien mirado, en aquellas turbulentas calendas no hacía mucha falta acreditar nada para acabar en cualquier calabozo, la popularidad de Salus y el apoyo incondicional que los parameses le otorgaban mantuvo a salvo a los rayistas. Baste decir, como muestra de la devoción existente hacia el Rayo por aquellos ásperos pagos, que, en una ocasión, habiéndose apalabrado un choque contra una improvisada escuadra de miembros de Educación y Descanso, como parte de los festejos patronales de una villa, hubo aquél de ser suspendido, al encontrarse varios integrantes del club rayista detenidos por escándalo público, una noche en que, tras un partido y bastante achispados, entonaban sin recato, si bien que desafinadamente, el Himno de Riego. El caso es que tal circunstancia deslució y empobreció el resto de fastos previstos, puesto que tanto avecindados como forasteros se mostraron asaz apáticos y escasamente participativos, de forma especial en aquellos actos políticos y religiosos concebidos a modo de exaltación de los nuevos valores patrios, lo cual molestó sobremanera a los convocantes, pero también les obligó a una cierta tolerancia, en lo sucesivo, para con Salustiano y sus compañeros de ventura y aventura.

Internodio

Llegados a este punto, y hablando de los `compañeros de ventura y aventura` de Salustiano Ruiz en el aguerrido Rayo Páramo, club de football, oportuno parece reseñar algunos datos conducentes cuando menos a un somero conocimiento de su identidad, vida y milagros. Cinco de los siete supervivientes rayistas, incluido el propio Salus, ejercían como delanteros y, de hecho, habían conformado en el pasado una de las más afortunadas y rememoradas vanguardias del Rayo Páramo, aquella que los aficionados viejos y fieles podían recitar de carrerilla: Fito, Tito, Salus, Mundo y Villalón. Adolfo García, `Fito`, y Pepe Villalón eran dos extremos menudos y veloces; con frecuencia se creía erróneamente que eran hermanos, dadas las similitudes físicas que presentaban y su muy parecida manera de entender y ejercer el balompié, con la única salvedad de que, en consonancia con la zona de la cancha donde se desenvolvían, Fito era diestro mientras que Villalón se manejaba mejor con la zurda. El interior Tito, de nombre Expedito Santos, alto, desmañado y de apariencia un tanto quebradiza era, sin embargo, un atacante correoso de gran resistencia física y, cuando tenía el balón entre sus largas y flacas extremidades inferiores, resultaba condenadamente difícil arrebatárselo. El otro interior, Raimundo Contreras, `Mundo`, presentaba también una gran habilidad con los pies y, a decir de los zagueros que hubieron de vérselas con él por esos campos de Dios, también con otras partes del cuerpo, como manos, codos, caderas y rodillas; como él solía decir, cuando alguien le reprochaba su `exceso de celo` en el cumplimento de sus labores atacantes, `ni yo trato a los defensas de usted, ni ellos a mí, así que estamos en paz`. Completaban el septeto de repescados un centrocampista, de nombre Ramiro, y un fornido y contundente defensa apodado `Cruces`. Tanto Ramiro como Cruces asumían sobre el campo la tarea de organizar y dirigir a los jugadores de relleno que, como ya ha quedado dicho, eran reclutados para cada ocasión. Era digno de ver y de oír a Cruces, gesticulando furiosamente y dando grandes voces a los novatos durante el partido, al objeto de situarles e indicarles lo que tenían que hacer a cada momento, de guisa que tal parecía que, dada la corpulencia del veterano zaguero y, por tanto, su limitada movilidad, eran los ocasionales jugadores como sus propias extremidades o como una suerte de polichinelas que él manejara con hilos invisibles. De hecho, las maniobras de Cruces al mando de los novatos, con sus grandes aspavientos y vocerío, constituían con frecuencia un espectáculo paralelo añadido al mero desarrollo deportivo de los encuentros, y muy disfrutado, entre risas y chanzas, por la parroquia. Y luego, claro, estaba Salus, ariete al viejo estilo, rápido y eficaz donde los hubiera, capaz, según decían los aficionados, `de tirar los corners y rematarlos`...

III

A principios de la década de los cincuenta, la guerrilla de la montaña fue, definitivamente, desarbolada. El cadáver del último `maquis` permaneció un par de días obscenamente expuesto en el ayuntamiento de Villanueva. El fin de la resistencia emboscada supuso un gran alivio para las `fuerzas vivas` de la comarca, en especial para Manolo Canales, a la sazón Secretario Provincial del Movimiento, que había recibido no hacía mucho un sobre conteniendo una bala, señal inequívoca y habitual de amenaza del Maquis. Exultante al dar por concluido tan enojoso capítulo, Manolo se aprestó a celebrarlo por todo lo alto: coincidiendo con las fiestas villanovenses, fue organizado todo un apretado programa de misas concelebradas, romerías, desfiles y -cómo no- eventos deportivos. A este último fin fue convocado Salustiano al despacho de Canales: un partido contra el Rayo Páramo parecía, a todas luces, lo más apropiado para poner broche final a largos años de escaramuzas, sobre todo si el resultado de tal confrontación era favorable a las huestes del Movimiento. De tal extremo pensaba asegurarse el Secretario Provincial, que se había reservado para sí el papel de guardameta. Salus salió de la cita con el ex portero rayista un tanto taciturno; las amenazas veladas -y no tan veladas, como la intimidatoria presencia, en el despacho, del sargento de la Guardia Civil- habían sido una constante en la embarazosa reunión. En resumidas cuentas, se conminaba a Salustiano y sus compañeros a no ofrecer `excesiva resistencia` y a no rondar mucho por el área local; del resto se encargaría el cura, dentro de su papel de árbitro del encuentro; también él tenía una cuenta que saldar que le venía requemando las entrañas desde que, entre mal contenidas risas, lo desataron de aquel arbolón. No faltó el recordatorio de que, una vez barridos del panorama los insurrectos milicianos, nada impedía a la autoridad competente enjaular a los veteranos futbolistas bajo cualquier acusación de rebeldía o sedición. El espíritu orgulloso de Salus le incitaba a saltarse a la torera todas las coacciones, pero, por otra parte, se sentía responsable del destino de sus compañeros, y en modo alguno se perdonaría que su sempiterna tozudez les acarreara la desgracia. Triste final para el Rayo, pensaba el delantero, consciente de que sería la última vez que pisara un terreno de juego.

IV

Así que aquí tenemos a Salus, delantero en punta del glorioso Rayo Páramo, tomando carrerilla para efectuar el lanzamiento de la pena máxima, con todo un Secretario Provincial del Movimiento bajo los palos y un velludo miembro de la Benemérita cubriéndole las espaldas. Hasta entonces, el marcador reflejaba un empate sin goles, ya que, a pesar de la abulia mostrada por los rayistas y la escasa dotación para el fútbol que exhibían los cuatro hombres de relleno, reclutados personalmente para la ocasión por Manolo Canales entre los más estultos de los alrededores, los torpes jugadores locales no habían sido capaces de acertar con el marco paramés, provocando el enfado del público que se venía manifestando hacía rato en forma de sonoros abucheos y estentóreos silbidos. Salustiano Ruiz, pues, arrancó, cubrió de dos ágiles zancadas el espacio que le separaba del balón y pateó éste con todas sus fuerzas. Como un obús, el esférico surcó velozmente el espacio, en una trayectoria rectilínea y ligeramente ascendente, para acabar estrellándose violentamente en mitad de la cara del Secretario Provincial. De dónde fue a parar posteriormente, tras el rebote, nadie podría dar cuenta, puesto que todos quedaron mudos y absortos, sin poder apartar la vista de la víctima del terrible impacto. Manolo Canales, Secretario Provincial del Movimiento, bizqueó brevemente, se tambaleó adelante y atrás durante unos pocos segundos y finalmente, privado del sentido, acabó despanzurrándose sonoramente de espaldas, levantando una nube de polvo ocre. El revuelo que se organizó a continuación fue monumental: la Guardia Civil, con su bigotudo sargento a la cabeza, intentaba apresar a los huidizos componentes del Rayo, mientras la mayoría de los espectadores, que habían hecho irrupción en tropel en el campo de juego, bregaba por impedírselo, zancadilleando a los beneméritos o sacudiéndoles directamente. Entre el fragor general de la batalla campal, las mujeres gritaban, los niños lloraban y los más viejos del lugar, enarbolando sus cachas, instaban a grandes voces a que alguien le partiera la crisma a alguien. El cura, entreviendo que lo del negrillo y la desnudez podía quedarse en agua de borrajas ante lo que se avecinaba, se arremangó los hábitos y emprendió veloz carrera, apartándose del tumulto y perdiéndose en el horizonte. A todo esto, nadie se preocupaba de Canales, que permanecía inconsciente, desplomado sobre la línea de meta con la nariz rota y las cuerdas del balón impresas sobre su enrojecida mejilla derecha. Dicen que tardó más de media hora en recuperar medianamente la lucidez; también aseguran, los más allegados a su persona, que la marca del cordaje tardó más de dos meses en desaparecer de su rostro.

Colofón

De esta forma tan aparatosa concluyó la trayectoria del Rayo Páramo, club de football. La posterior suerte de sus últimos componentes fue dispareja; cada cual, una vez terminada tan pintoresca aventura, se buscó la vida como mejor pudo o como las circunstancias le permitieron. El defensa Cruces optó por el clandestino comercio del `estraperlo`, y aunque éste se hallaba ya en franca decadencia, hizo el suficiente dinero como para, con el correr del tiempo, abrir un estanco en la capital que regentó hasta su fallecimiento. Ramiro, el más reservado del grupo, emigró a Argentina; nunca se supo más de él. También abandonaron el país Adolfo García `Fito` y Villalón, con destino a Francia y Alemania, respectivamente. Mientras el primero consiguió amasar una pequeña fortuna en el incipiente y prometedor sector de la construcción del país vecino, regresando a España en los setenta a vivir de las rentas, su compañero del ala izquierda corrió peor suerte: murió de un ataque al corazón en Munich, mientras desempeñaba su labor como camarero en un restaurante español. Por su parte, Expedito Santos obtuvo el carné de entrenador y, mal que bien, logró subsistir en los banquillos de varios clubes de tercera división. Murió en 1985, sin conseguir que ninguno de sus equipos pasase de la mitad de la tabla. El interior Raimundo Contreras fue contratado como gestor comercial por el Banco de Bilbao; aunque no tenía mucha idea de cómo funcionaba el mundo financiero, su popularidad como deportista convocó a muchos impositores hacia las arcas de la entidad. Terminó su vida laboral como director de una oficina urbana en León.

Salustiano Ruiz, fiel a su carácter inquieto y volatinero, no fue capaz de asentarse durante mucho tiempo en ninguna ocupación; hizo un poco de todo: viajante de lencería, dependiente de comercio, peón de albañil... A comienzos de los setenta se metió en política; tras la Transición, se presentó a las elecciones municipales por el P.S.P. de Tierno Galván y se convirtió en el primer alcalde democrático de Santa Cecilia. En la actualidad tiene noventa y tres años, y vive en el asilo de las Trinitarias desde hace diez. El día que llegó allí, fue abordado en el pasillo por un interno tan viejo como él que le espetó:

-Todavía me duele el balonazo que me diste en plena jeta.

Entonces, Salus reconoció aquella nariz de púgil: era, en efecto, Manolo Canales, y le estaba mintiendo, porque, en verdad, hacía mucho tiempo que aquello había dejado de dolerle. El viejo arquero rompió a reír. Salus le imitó; se dieron un abrazo. Desde entonces, y hasta la muerte de Canales, acaecida seis años después, no dejaron ni un día de jugar su partidita de garrafina.

Del glorioso Rayo Páramo, club de football, queda por todo vestigio, colgada en la pared de una cantina de Villanueva, una vieja fotografía conmemorativa de uno de sus ascensos a la división de plata. En ella puede verse a un sonriente y jovencísimo Salus, en cuclillas, en medio de sus compañeros de vanguardia. La humedad ha ido reblandeciendo poco a poco el papel fotográfico, de modo que éste se ha ido deslizando hacia abajo, dejando al descubierto, por arriba, una franja del contrachapado trasero, y originando, en la parte inferior de la imagen, un montón de arrugas y pliegues que están acabando por comerse las piernas de los futbolistas. Aunque con cierta dificultad, aún puede verse, en la esquina superior derecha, el escudo del club, una torre cruzada por un rayo y coronada por un balón. Cuando alguien, algún veraneante o algún viajante de paso, pregunta qué equipo es ése de la instantánea amarillenta, Fortunato el tasquero, hijo y nieto de tasqueros, despega cansinamente los codos del mostrador, se saca el palillo que bailotea permanentemente entre sus dientes y apuntando con él a la vieja fotografía, dice: `¿Ése..? Ese era el Rayo Páramo, el equipo de Salus...`

Y a continuación, y sólo si el ocasional oyente tiene la curiosidad o la paciencia necesarias, le cuenta cómo una vez, hace medio siglo, todo el aparato local del glorioso Alzamiento Nacional hubo de envainársela ante un solo hombre que, armado únicamente con un balón de reglamento y una buena dosis de dignidad, se rebeló, como un moderno David, contra la tiranía del poder establecido. Y vivió para contarlo.

 




Comentarios

No existen comentarios para esta publicación
Deja un comentario

Votación

Qué puesto reforzaría en la plantilla del Córdoba CF

Portería
Defensa
Centro del campo
Delantera
Realizar votación
Ver resultados


 

GARMAN COMUNICACIONES. S.L tlf. 630 66 40 66Aviso legalPolitica de privacidad | Diseña y desarrolla XPERIMENTA