En Berruete del Gerifalte los accesorios y los excesos no se estilan, por más que sus habitantes miren con aprobación una boina calentita o el mango tallado de un bastón.
Ahora bien, ¿qué es lo accesorio sino todo aquello que depende de lo principal o se le une por accidente, RAE dixit? ¿Podría considerarse, pues, accidental una boina? Tanto como los calzoncillos, digo yo, o aún menos: berruetino que haya salido de casa sin gorra no hay, mientras que está aquella vez que Faustino abrió la puerta sin reparar en que llevaba colgando y bien a la vista los...
Retomemos el hilo.
Más allá del solisombra matutino, en Berruete no se exceden tampoco las normas tácitas del sentido común; y ni siquiera en este caso: Solisombra equivale a Bisolvon, a brasero y a tila, todo en uno. Por otra parte, la unidad mínima de medida en la gastronomía berruetina es “el platazo”. Con tales métricas no hay quien se permita un exceso.
A Gumersindo hijo se le llama así para diferenciarlo de Gumersindo padre en un alarde de lógica aristotélica. Además de esta nominación por metonimia padre-hijo, existe también el “método santoral”, lo que hace que en Berruete casi todo el mundo lleve un nombre que podría, o no, haber salido de la tabla periódica.
Digan si no cuál es el término que sobra en esta enumeración: Indalecio, Berilio, Disprosio, Antimonio, Bismuto.
¿Disprosio, evidentemente, por ser el único lantánido del grupo?
Error.
Indalecio, sin ir más lejos, se llama nuestro protagonista. Desmintiendo a su nombre, tiene solamente dieciocho años. Debe al método santoral semejante despropósito. Le gusta la cerveza fría, que cata a menudo, el sexo femenino y el sexo a secas, que no ha catado para nada, y el balompié. Juega en el Unión Berruetina F.C. de la tercera división regional; es delantero centro, dicen que muy bueno. Bebe a tragos cortos la cerveza y a tragos larguísimos los vientos por una vecina en edad de merecer llamada Petronila hija y que en adelante llamaremos Petronila por abreviar, salvo en aquellos casos que pueda generar confusión. En edad de merecer y en cuerpo, que lo tiene Petronila intrincado y firme, frágil como un diente de león.
Petronila frecuenta las gradas del pequeño estadio en que juega la Unión los partidos de casa. Llega temprano, con una bolsa de pipas que come displicente, las piernas muy juntas y los morritos coquetos. Cuando Indalecio sale a calentar, Petronila le sigue con la mirada; da la sensación de estar contemplando un partido de tenis a cámara superlenta. Las mejillas, sin embargo, se le arrebolan un poco cada vez que Indalecio la mira. Hay filin.
Como cada dos domingos, Petronila estaba allí el primero de abril, día en que la Berruetina recibía a su eterno rival, el Grajo del Castillo, en un partido a vida o muerte. El ganador se coronaría campeón de la liga, lo cual, además de orgullo, prestigio y demás papanatas místicas, metería en la buchaca de los jugadores una buena prima por objetivos. Eso y el derecho de competir al año siguiente en una categoría superior: mayor desafío, más billetazos, más gachís.
Se comprende, pues, la furia con que ambos equipos se manejaron en cada lance del juego. A falta de calidad, ganas. A falta de velocidad, resistencia. A falta de Guti, Romualdo. A falta de Cristiano, Remigio. Y es improbable que el propio Messi hubiera podido hacer algo más en el patatal que la Berruetina llamaba su campo; allí donde Indalecio, espigado y majestuoso, lograba adivinar los botes imprevisibles del balón sobre el huerto de coles.
Minuto veinticuatro de la primera parte. Internada de Aquilino por la banda izquierda. Centro raso de caótica trayectoria, con el balón cambiando de rumbo como si fuera de rugby. Un central del Grajo despeja en falso y cae sobre sus posaderas. Tras él, Indalecio, más que atento al posible error, conecta un chut que entra en la portería por la escuadra. Uno a cero. La grada local se vuelve loca y empiezan a cantar a coro “Indaleeeeecio, Indaleeeeecio” hasta que a Petronila le sube un nosequé de orgullo por la barriga.
Minuto cuarenta y dos. Saque de puerta de Maximino. El balón, presa de la entropía inherente a una plantación de lechugas, se dedica a regatear por sí mismo a cuanto jugador le sale al paso. Con un bote que cambia su rumbo anterior en casi ciento treinta grados, deja a un defensa con cara de pánfilo y se pone al alcance de Indalecio, que lo embolsa con el pecho y sin dejar que toque el suelo, donde dios sabe qué camino elegiría, lo patea con saña, bajo y a la cepa del poste. Dos a cero.
Hasta ese momento, Indalecio estaba haciendo puré él solito al Grajo del Castillo, circunstancia ésta que, además de volver locos de contento a los cuarenta berruetinos que abarrotaban la grada, no le pasó inadvertida al capitán grajense, hombretón rudo y malcarado que se había ganado a pulso y ras de hierba su fama de guarro. Allá que le vemos correr hacia Indalecio, que está merodeando las inmediaciones del área como un tiburón, listo para recibir. Allá que se lanza al suelo porfiando aparentemente un balón, pero con el tobillo de Indalecio entre ceja y ceja, o mejor, sobre la única ceja que cruza su rostro curtido.
Remató Indalecio una décima de segundo antes de que el capitán del Grajo alcanzara su pie de apoyo con una entrada escalofriante. Por más que se estiró, el portero no pudo evitar el tercero. Mientras en las gradas se desataba la locura, Indalecio dio un alarido. El silencio se instaló de pronto en el campo como un sudario.
Dos asistentes berruetinos entraron ipso facto en el campo acarreando una parihuela cuyo último servicio debía de remontarse a la Guerra Civil. La colocaron al lado de Indalecio, pataleante y chillón, en paralelo a su cuerpo. Uno le agarró por las axilas, el otro por el pie, ¡aaaaaaaay!, por la pierna buena, y a la de tres le auparon a la camilla. El doctor, que había estado viendo el partido apoyado en la puerta de la enfermería, llamó a los asistentes con la mano en alto. Cuando Indalecio desapareció en el interior del pequeño edificio aún se sujetaba el tobillo con las dos manos y pegaba unos gritos de infarto.
A Petronila le dio un vuelco el corazón y bajó de dos en dos los escalones hasta llegar al campo. Olvidados ya los pudores, corrió hacia la enfermería no sin antes lanzar una mirada furibunda al capitán grajense que en un momento dado se cruzó con ella camino del vestuario, expulsado. De las gradas cayeron hojas de acelga, bocadillos de chorizo y hasta un huevo de oca.
Por su parte, Indalecio era colocado por los dos asistentes sobre una mesita situada en el centro de una sala que más que la consulta de un médico parecía el taller de un carpintero. Instrumentos herrumbrosos, casi todos ellos diseñados para cortar pero que ni un mísero pellizco podrían haber dado de tan embotados, colgaban de las paredes deseando participar en una operación de apendicitis o una circuncisión tirando a dolorosa.
-¿Te duele aquí?
-¡Aaaaaaay!
-Y esto, ¿te duele?
-¡Aaaauuuuuuuu!
-Vaya, vaya. Creo que tenemos un tobillo hecho polvo. ¡Sí, eso es, un tobillo bien fastidiado!
El primer -y único- precepto de la medicina tradicional berruetina asevera que todo desperfecto es susceptible de ser solventado a base de solisombra y esparadrapo; precepto que aplica, asimismo, para el resto de las escasas disciplinas científicas que se cultivan en el pueblo. Fiel practicante de la norma, el doctor le preparó a Indalecio un señor copazo y se lo administró con prontitud por vía oral. Después desenfundó el adhesivo y como un poseso se lió a dar vueltas al tobillo del joven, que le miraba estupefacto. Lo cierto es que de no haber estado Petronila presente en el quicio de la puerta comiéndose las uñas como antes las pipas le hubiera gritado al doctor un ¡pero dónde vas tú con el esparadrapo ahí a pelo! ¿no tienes a mano un poco de algodón o una gasita, animal! Sin embargo el muchacho no quería parecer una muchacha, y, por si fuera poco, el mal ya estaba hecho.
Al terminar el médico su labor, el esparadrapo berruetino, famoso en el mundo entero por su semejanza con el superglú, le cubría por completo a Indalecio el pie izquierdo, dejando al descubierto cinco dedos que poco a poco empezaban a parecer moluscos lamelibranquios, por no decir mejillones, subía por su canilla, al menos a doble capa, y terminaba justo debajo de la rodilla, más por haberse quedado el galeno sin material adhesivo que por otra cosa.
Indalecio se miró la pierna derecha, cubierta de una mata espesa de pelo negro. Pelo gordo, afelpado como el de Macario, el muñeco de José Luis Moreno. Pelo tupido, de Ursus Indalecius, pariente cercano del casi extinto oso pardo ibérico. Pelo lustroso, acariciable, de perro labrador, apto para coleta, rasta y cojín. Pelo recio, agarrado a la carne por una raíz profunda y tenaz, enemiga natural del esparadrapo.
El dolor del tobillo le pareció de pronto a Indalecio muy pequeño.
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La convalecencia de Indalecio y su relación con Petronila transcurrieron en paralelo, cumpliendo casi a la vez los mismos hitos. Por ejemplo, la primera semana se caracterizó por un ansia excesiva; Indalecio, vehemente, desoía toda prescripción médica y trataba de ponerse en pie con valentía, aunque siempre acabara dando de piños contra el suelo, embotijándosele los morros casi tanto como el tobillo. De la misma manera, esos primeros días Petronila y él parecieron querer apurar su amor y dejarlo en las mondas. Los meses de miradas furtivas e incertidumbre eran para ellos esos mismos meses de miradas furtivas e incertidumbre más un día, como si hubieran cumplido condena en Alcatraz, un lugar sombrío y unisex. Pero el merecido desquite había llegado, y no había lugar en que no retozaran con prisa, brío, y escaso know-how.
A esa fase le siguió otra de buena voluntad y conducta responsable. Indalecio, que quería volver a jugar al fútbol cuanto antes, aprendió a base de hincar los dientes en los baldosines de la cocina que a veces la paciencia es la madre de la ciencia, y el esparadrapo su hijo bastardo. Pasaba las horas con el pie en alto, alternando frío y calor, y desplazándose lo menos posible. Si tenía que ducharse, usaba una banqueta. La sensación de estar desnudo con sus cosas sobre la madera mojada le resultaba desagradable, pero qué remedio. Trayectos más largos, los justos, y siempre con un par de muletas de la modalidad sobaquil que algún herido de las Brigadas Internacionales había abandonado en el pueblo por inservibles y viejas. A casa de Petronila hija, con quien la relación había entrado igualmente en una segunda etapa más templada de sobriedad y conocimiento, iba Indalecio casi aupado en sus bastones por pasar algo más de tiempo junto a Apolonio y Petronila madre, sus futuros suegros.
Después vinieron las dudas: ¿Y si apoyo el pie? ¿Pasará algo? ¿Y tú, Indalecio, me quieres? ¿Sí? Pero cuánto, Indalecio, ¡cuánto me quieres! E Indalecio probaba a posar un porcentaje minúsculo de su peso en el tobillo, y comprobaba que la cosa iba a mejor; y Petronila le veía desvivirse, cederle el jamón con menos nervio o el trozo más hermoso de pan, y comprobaba que, del mismo modo, la cosa mejoraba.
Al final, las cruces en el calendario se quedaron a las puertas del gran día, marcado con rotulador rojo en el calendario como “Rebision medica” (sic). Acudió Indalecio tan contento que ni siquiera se acordó de la pelambrera que de vez en cuando le daba pequeños tirones bajo la capa de adhesivo, en clara amenaza, te vas a enterar tú, machote. Le recibió el médico con jolgorio y agasajo de rey, puesto que la Unión Berruetina iba en pleno picado hacia cuarta municipal, y solamente el milagroso retorno del goleador, del mago, del felino Indalecio les podría devolver a los puestos de ascenso. Es por eso que el doctor apenas formuló un par de preguntas de cortesía como “ya está bien todo, ¿no?”, o “y tú qué, ya te encuentras perfectamente, ¿verdad?”, antes de ponerse al tajo.
Colocóse Indalecio tumbado boca arriba sobre la camilla, con la pierna izquierda doblada y la planta del pie apoyada sobre el mueble. Aproximóse el galeno, tijera en mano, y situóse en un lateral. Empezando desde arriba, y cortando con dificultad puesto que el pegamento se adhería al filo de las tijeras, abrió una fina línea en el esparadrapo por la parte de atrás de su pierna, desde el gemelo al talón de Aquiles. Después se vino a los pies de Indalecio y tomó con cada mano un extremo del corte, para lo cual tuvo que escarbar un poco con los dedillos, recordándole a Indalecio que no todo iba a ser tan hermoso.
Tomó el médico aire, se afianzó sobre los talones y, en lo que pretendía ser un único movimiento, pegó un tirón con todas sus fuerzas. Sonó a esparto rajado y a película de guerra, en concreto a la escena en la que hay un herido de bala desangrándose y va algún héroe de prominente mandíbula, se quita la camisa, y para taponar la hemorragia corta con las manos varias tiras y las usa como venda; a ese riiiiiiiiiiiiiiiiiiiisssss sonó, y lo peor de todo es que sonó a ese riiiiiiiiiiiiiiiiiisssss varias veces. Física uno punto cero: La superficie de esparadrapo de un vendaje es mucho, mucho mayor que una fina tira de cera, y, por consiguiente, la fuerza empleada para arrancarlo de un solo tirón debiera ser mayor también, en proporción semejante. El esparadrapo, sin embargo, es peor que la espada Excalibur: todavía no se conoce a nadie que lo haya despegado a la primera.
Indalecio se tragó la nuez. Sus pelos daban un aspecto vivo e inquietante al esparadrapo que el médico había arrancado de su pierna. Casi esperó que cuando el médico lo tirase al suelo, aquel bicho-esparadrapo saliera corriendo. En su canilla, pequeños islotes de pelo mugriento y pegajoso que habían resistido al arrancamiento aparecían dispersos, separados entre sí por extensas regiones de piel gallinácea, irritada y medio sanguinolenta. Esfuerzo sobrehumano el que necesitó Indalecio para salir de allí sin mentarle al médico la madre.
Ya en casa poco pudo hacer Petronila para consolar a Indalecio, que una vez superado el dolor se miraba la pierna inmerso en sus meditaciones. Sentía algo así como una amputación, una ausencia, y que Petronila le dijese que el pelo le volvería crecer pronto, o que le iba a querer igual a pesar de la tragedia, no bastaba para sacarle de su depresión y su ensimismamiento. Mentira cochina, además, porque para rematar la faena, un sentimiento oculto empezó a aflorar en la propia Petronila. Inútil avergonzarse, imposible de negar: no había manera de obviar la repulsión que le empezaba a causar Indalecio y su pierna lampiña.
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A pesar de la versión que narran sus memorias – por título “Cabras, alcachofas y balones”, número uno en ventas de la FNAC los últimos cinco meses-, la primera relación formal con frotis que conoció Indalecio no tuvo lugar con su actual pareja, la actriz Winona Walters; igualmente falso es que abandonara el pueblo agasajado y en loor de multitudes para acudir a la gran ciudad, donde hoy reside. Piadoso sería tildar de licencias poéticas estas mentiras.
La pura verdad es que Berruete del Gerifalte no es pueblo de excesos, como ya dijimos, y que ningún berruetino vio con buenos ojos el camino elegido por Indalecio para resolver el dilema de su media pierna pelada, casi tullida: una huida hacia adelante, una de perdidos al río: la depilación.
Así es. Empezó Indalecio con ánimo igualitario y buscando la simetría. Estaba decidido a terminar en primer lugar el trabajo que el esparadrapo había dejado a medias, y después repetir la operación en la pierna buena para no llamar más de la cuenta la atención. Tras probar con unas tijeras de esquilar la lana con las que al menos pudo recortar un poco su tupido vello, decidió tomar prestada la navaja de afeitar de su padre, acompañada de un quintal de jabón. El hombre berruetino es hermoso por el lado del dicho, e Indalecio, para no ser menos, tenía pelo hasta en el paladar.
Los primeros pasos fueron inseguros. Cogerle el truco le costó un par de cortes a la altura del tobillo, donde se le fue la mano y casi hace una loncha de jamón york. Minutos después, sin embargo, parecía que llevara rasurándose las espinillas toda la vida. Tanto es así que cuando hubo terminado se pasó la mano varias veces por la suave piel de sus gemelos y se encontró a sí mismo erótico y pensando en guarrerías.
En su descargo diremos que en ningún momento cayó en sus mientes el hecho de traspasar la frontera natural de la rodilla, pero al ver esa canilla brillante y apetecible, con cada músculo brotando de ella como si fuera un río subterráneo, no pudo contenerse y se puso manos a la obra.
La depilación puede compararse con una bola de nieve rodando por una montaña o con una operación de aumento de pecho, y es que una vez enharinados, qué más da ocho que ochenta, las más grandes que tengas y aquí paz y después gloria. Tal cual, Indalecio no parecía tener límite. Desmelenado y a lo loco pasó por las rodillas que quedaron como pomos relucientes, y trepó por los muslos, en cuya parte trasera hubo de demorarse segando de raíz remolinos tortuosos. En pleno frenesí llegó a la entrepierna, donde convirtió su estilo anterior que podríamos denominar “de ingle manchega”, la moda del pueblo, en ingles brasileñas, y después en apenas nada. No contento con eso se miró la borra del vientre, el pelo horizontal en los laterales y vertical en el centro de un camino que bajaba hacia, o subía desde. Siguió afeitando, dale que te dale, con una paciencia encomiable. Las axilas fueron una moneda al aire. Si sale cara, me las afeito al cero. Si sale cruz, tiro otra vez.
Cuando llegó su madre, Indalecio intentaba alcanzarse más allá de los costados con la navaja. Tenía los hombros, antaño lustrosos de pelo negro, ya rasurados totalmente, igual que las piernas, el torso y, se imaginaba ella con horror, partes más pudendas. Su hijo, ¡su hijo! ¡Ay, qué iba a ser de la familia cuando las comadres del pueblo entraran a degüello! ¡Le había salido guay! Sin embargo, con todo y con eso, fue tal la mirada de súplica que le dedicó Indalecio que no pudo negarse, y la navaja pasó a su mano, que se convirtió en la ejecutora del punto y final de la tarea.
La historia no cuenta que los hombres del pueblo, velludos como jabalíes, escupieron a un lado del camino al ver pasar a Indalecio durante los días que siguieron a la depilación, o que las mujeres se hicieron de cruces y murmuraron en las corralas, virgencitavirgencitaquemequedecomoestoy, Petronila madre incluida, la cual prohibió a su hija encontrarse más con aquel cacho de perdido y mariposón, palabras textuales.
Tampoco cuenta la historia que Petronila hija casi regurgitó el hornazo al reunirse con Indalecio en la linde del bosquecillo, a espaldas de sus padres, y que quedó el resto de su vida conmocionada y para vestir santos. Si me hubiera dejado por una mujer, decía.
Lo que sí cuenta, a su manera, es cómo el ojeador del Atlético Capitalino quedó profundamente impresionado al acudir a Berruete y presenciar el partido de la segunda vuelta entre la Berruetina y el Grajo. Por sus dotes futbolísticas, dice la versión oficial; por eso y algo más, sabemos nosotros de buena tinta. Guiño, guiño.
El resto es vox populi, tertulia de taberna y portada del Marca. El impacto de Indalecio Carpintero, “La Flecha del Capitalino”, al igual que su rasurado perfecto, no conoce fronteras. Su cara vende refrescos. Su pecho, centros de estética. Niños sin nada que llevarse a la boca portan su camiseta en Gabón.
Su imagen, cómo no, llega también a Berruete del Gerifalte, donde los hombres tuercen el gesto y dicen lo de esto en mis tiempos, etcétera, y las mujeres, bueno, las mujeres callan porque tienen cosas que callar. Hay, sin embargo, en el mismo Berruete quien, al observar el rasurado tan perfecto de un Indalecio que ha pasado de la navaja al láser igual que del tractor al Aston Martin, comete la mayor de las locuras y, simulando un descuido, como quien no quiere la cosa, se olvida un buen día la boina en casa, se cruza con sus vecinos y con la barbilla muy alta va diciendo hola.